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Lima, 1965
El paisaje, sus silenciosos recodos, el fulgor de la enramada, la caprichosa anatomía de un fruto o la fresca penumbra de una quebrada, fueron y siguen siendo suficiente acicate para el pintor, el cazador de imágenes. La procesión de estas visiones, siempre cambiantes, constituye una inquietud permanente en mí.
Las presas, los recuerdos, sueños y efímeras sensaciones, se tornan cada vez más erráticas y fugitivas. Procuro acercarme a ellas echando mano de cualquier arma que dé pruebas de ser eficaz.
A lo largo de los años me creí capaz de capturarlas en acuarelas, relieves y tintas. Posteriormente, me volqué a la llamada "fotografía alternativa": el estudio de las técnicas de los pioneros de la fotografía me abrió un panorama insospechado. Cajas de madera y metal, fuelles y lentejas de vidrio, planchuelas de cobre con minúsuculos orificios, se conjugan para atrapar la lñuz, materia clave de estos procesos. Emulsiones, extraídas de antiguas recetas que el pincel extiende en el receptivo papel, y que se impresionan por efecto de la luz, se combinan con la inmaterialidad del registro digital, permitiéndome colgar un puente entre el esfuerzo heroico de los precursores y el vértigo del presente.
Los resultados de la combinatoria son de extraña belleza y, quizá, sigilosamente, me permitan ir tras las huellas de la esquiva caza, motivo de mis desvelos
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