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ARTISTAS RESEÑAS
Becú, Juan

JUAN BECÚ POR CLAUDIO IGLESIAS
9/5/2009

Las tradiciones pictóricas emblemáticas de Argentina, el expresionismo, la nueva figuración, el tango y el rock son algunas de las fuentes de las que se nutre la obra de Juan Becú, llena de referencias que involucran tanto una actitud rigurosa como un imaginario fantasioso, cándido y proclive a lo extraordinario.

Los dibujos y las pinturas de los comienzos de su trayectoria llevan la impronta del mundo rural propio de la idiosincrasia argentina a dimensiones semimitológicas: trabajos como Escena pampeana (2003) muestran los elementos típicos del paisaje de la Pampa en una estructura de composición propia de la pintura prerrenacentista: el formato longitudinal, la iluminación artificiosa y el desmenuzamiento de la perspectiva convierten el horizonte rural en el escenario posible de lo maravilloso. Un principio similar obtiene una solución muy distinta en los paisajes urbanos (2004), también apaisados, pero más cercanos al juego constructivo y el tono de la Neue Sachlichkeit, y los trabajos de Edward Hopper. La objetividad rigurosa de estas imágenes neutras de la ciudad no pierde, sin embargo, cierto aire de fantasía y artificio, presente tanto en el tratamiento visual de la luz como en el carácter pintoresco de las fachadas de casas y tiendas antiguas, como si lo que se estuviera pintando fuera una maqueta o un decorado de comedia musical.

En conjunto con estos paisajes fuertemente descriptivos, Becú desarrolló una obra en dibujo cargada de narratividad y dinamismo, exigente desde el punto de vista de la ejecución pero con mayores espacios para la variación temática. Prosperidad en el jardín (2004) y Figura reposando en la bañera (2005) representan este momento de su producción, signado por un mayor realismo en la composición y un vocabulario más costumbrista, orientado al ambiente y los personajes arrabaleros típicos del tango.

En algunos trabajos, el flair telúrico adquiere una veta pop. Es el caso de Surubí (2005): la imagen de un niño a la vera del río, asombrado al extraer con su caña de pescar un animal que se parece más a un pequeño dragón. El hecho extraordinario contrasta con el ambiente litoraleño en el que la escena ocurre: en el centro de la imagen, vemos que la cuerda de pesca se rompe y el rostro sonriente del monstruo bigotudo aparece iluminado por una aureola. El vestuario y la tipografía vistosa de la leyenda “surubí mágico” en la base del cuadro remiten a un imaginario nacional nostálgico, susceptible de ser tratado con recursos visuales vintage, vinculados a la esfera de la historieta y la ilustración publicitaria.

En trabajos más recientes, Becú fue cediendo a una indagación pictórica más expresiva y menos centrada en la historia. Es el caso de la serie Nuevos caminos (2008), un conjunto de paisajes selváticos, en los que la perspectiva tridimensional deja paso a la abundancia natural presentada a muy corta distancia, con una hibridez estilística cercana a Baselitz o Kippenberger. El relieve primitivo y encarnado de estas piezas continúa en trabajos de formatos menores en los que Becú incorpora diversos materiales y temas. Se trate de retratos, paisajes o composiciones semiabstractas, en estas últimas obras las referencias costumbristas al universo del tango se diluyen y se vuelven más sutiles: el retrato de un guitarrista, un bosque nocturno cargado de guirnaldas o un baile de formas arlequinadas sobre el cielo del atardecer profundizan, en un nuevo arco de medios, el interés constante por el misterio y la sugerencia.

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INTENTO LITERARIO #6: JUAN BECÚ Y LA FANTA
Carlos Huffmann
9/5/2009

Lo interesante de una naturaleza muerta es la muerte, pero no por “la muerte” sino por la podredumbre que pone en marcha. Esta hace que los sujetos comiencen a mostrar colores nuevos y texturas impensadas, siguiendo patrones siempre imposibles de anticipar, pero que a la vez no son producto del azar sino que siguen una lógica inescrutable pero de alarmante familiaridad.
Hoy en día existen recursos tecnológicos que nos acostumbran a un mundo de objetos seriados indistinguibles unos de otros, que prometen en su presentación estar libres de estos procesos escatológicos. Tomemos una bebida gaseosa, la Fanta por ejemplo. Esta se produce mediante un procedimiento industrial altamente controlado, el sabor se lo da un saborizante determinado, sintetizado al 99,93% de pureza, y mezclado con aguas destiladas y gasificadas. El colorante hace que creamos que esta bebida color naranja tiene sabor a naranja. El logro casi milagroso es transmitir la promesa de que esta bebida sabrá igual en cualquier lugar del mundo, nos confortará al darnos siempre lo que esperábamos de ella, inmune al paso del tiempo gracias al las propiedades de los conservantes.
Mucho mas próximo en su lógica a las naturalezas muertas es el vino. Una bebida producida mediante otro complejo y sofisticado proceso en el cual un caldo de células vegetales es puesto a fermentar y evolucionar como un ecosistema autocontenido en el cual florecen sabores extraños e inesperados. Como una huella digital, a primera vista similares pero en realidad todas distintas, su contenido es el influjo de cosas que van desde las características minerales del suelo en el cual creció el viñedo, hasta el recorrido que describe el sol sobre ellas, el drenaje del huerto, o el tamaño de los cestos en los cuales fueron recogidos los frutos. Esta sumatoria de infraleves son determinantes.
Las pinturas de Juan me hacen acordar al vino, no por su flirteo con los temas y composiciones clásicas sino por lo que busca con su suculento manejo de la pintura. Así como mediante la fermentación el jugo de un fruto estalla en miles de sabores y texturas provenientes de todo el reino vegetal, Juan efectúa una alquimia similar con sus aceites y cuchillos. Borbotones informes compuestos de varios colores a medio mezclar, grandes barridos de espátula por los cuales superficies de pintura viejas se revelan como capas geológicas luego de un alud de barro, todas maniobras viscerales en el medio de sólidas estructuras técnicas. El resultado es la producción de un tipo de sinestesia por la cual los ojos interpretan sensaciones que son generalmente exclusivas de otros sentidos: creo percibir los aromas de un bosque ultrajado por gases tóxicos, el acople intencional de una guitarra eléctrica, el fuego de cenizas volcánicas invadiendo mis pulmones o el quebradizo aire en una sala de conciertos que una orquesta se encuentra a punto de detonar.
Como Thurston Moore incrustando un destornillador entre las cuerdas de su guitarra para cambiarle el timbre, trabajar con los procesos de la podredumbre no es un acto de incontinencia catártica sino una manera más democrática de canalizar el virtuosismo. La Fanta tiende a reforzar nuestras ideas conservadoras sobre la existencia de formas permanentes, y a creer en un futuro predecible. Cuando las cosas se organizan de la manera que viene desarrollando Juan nos muestran un mundo mas incómodo y por momentos de apariencia arbitraria y caprichosa, pero que buscan expresar cómo esta disonancia es solamente la epidermis de una intrincada y abarcativa coherencia.

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