Mapa De Las Artes
ARTISTAS RESEÑAS
Gómez, Julio

GÓMEZ POR STUPÍA
Eduardo Stupía
15/10/2007

Con equilibrada intensidad, Julio Gómez insiste en la elaboración de un universo misterioso y metafórico, aunque también apelativo y moderadamente explícito en cuanto a sus aparentes contenidos y escenas, que no se perciben tanto como se adivinan; muchas veces creemos estar a punto de saber qué ocurre, volvemos una y otra vez a mirar, y una y otra vez lo que hemos visto se escurre como agua entre los dedos mientras lo seguimos viendo. En las piezas de resolución más pictórica, nerviosas pinceladas rodean y circunscriben, como una marejada que las abruma y al mismo tiempo les aporta otro sentido, a las figuras semiprotagónicas que parecen allí instaladas con la incomodidad de lo ajeno, en conflicto antes que en armonía, mientras otras se esconden en los planos esquivos y dudosos espacios de los trabajos exclusivamente derivados de la trasposición manual, mecánica. En uno u otro caso, el artista recurre a imágenes provenientes de otros contextos que aplica según el recurso clásico del collage o bien como calcos superpuestos o contrapuestos entre sí, sacando provecho de la cualidad rústica, gastada, del transfer para estimular sin respuestas los interrogantes dramáticos del espectador.
Para Gómez, el transfer tiene más que nunca duplicidad de carácter; es la cita y su desvanecimiento, su vencimiento, como si al mismo tiempo se sumara la eficacia narrativa o alegórica del ícono y se le restara vibración para camuflarlo en la ecualizada orquestación de ese crepuscular medio al cual se lo traslada. Por otra parte, cuando la imagen transferida trae una marca de época o de contenidos explícitos fuertes, esta connotación aporta al cuadro carga temática y a la vez la evidencia del desgaste lingüístico de esos elementos. No es raro que Julio Gómez vuelva a insistir en este recurso que maneja con vigor y delicadeza; él suele transitar sutilmente el delgado filo que separa la intencionalidad del disimulo.
Allí donde se entreven paisajes, el artista parece adherir preferentemente a una opción más descriptiva aunque sin desdeñar lo atmosférico, y la mirada una vez más se nubla pese a verse sostenida en la perspectiva y en el punto de fuga. A la vez, cuando en la misma superficie se sobreimprime otra imagen, parece como si un camafeo evocativo quisiera abrirse paso al primer plano, o bien como si se hubiera ampliado un fotograma de un fundido encadenado cinematográfico, donde la disolución gradual de una imagen para el advenimiento de otra queda congelado en el instante en que una y la otra no son sino una tercera instancia borroneada. Gómez aprovecha el típico grano pastoso, la áspera piel propia del transfer y también su quebradiza cualidad óptica para aportar rispidez matérica y un cuerpo anómalo a sus escenas, para insuflarles a la vez sustancia y sombra, en una alquimia módica que resuena como un primitivo procedimiento de impresión, un remedo de revelado trunco, una imitación precaria, pobre, de la plasmación convincente que parece garantizar la fotografía. Los minúsculos epígrafes que apenas se leen al pie de algunos de los motivos revelan que el material de origen ha quedado invertido, como lo indica la lógica calcográfica del transfer, pero aquí esa inversión parece revelarnos que estamos del otro lado del espejo, de un espejo engañoso porque refleja algo que ya es otra cosa, empañado por el aire viciado de una poética tan silenciosa como penetrante.

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