|
DI PASCUALE POR ANA LONGONI
Ana Longoni
15/6/2009
Lo que podría leerse como un repliegue al “mundo interior” del arte o un aprendizaje compulsivo de lo que estaba acumulado en ese universo -si se quiere- normativo de la noción de artista gestada en la modernidad central generó, sin embargo, algo distinto. Lucas lo manifiesta en estos términos: “Pensé en el dibujo como en una escritura, en la ciudad y las ideas de otros artistas como modelos a retratar. Pensé en el retrato como en un aprendizaje y en ese aprendizaje como el sentido de mi producción”. Hojeaba los libros prestados y seleccionaba con total arbitrariedad algo que quisiera dibujar. A veces porque le resultaba familiar o conocido (extrañaba lo suyo), a veces porque la imagen le gustaba o inquietaba, a veces por todo lo contrario. Luego, devolvía los libros y retiraba otros.
Los dibujos funcionan como deliberadas copias o traducciones a un código único que estandariza cualquier imagen elegida (se trate de pintura, foto, registro de video, escultura, instalación, arquitectura, tipografía, diseño, gráfica, etc.) y equipara sin ningún reparo a Goya con Pettibon. Al pasar esas imágenes a tinta sobre papel, en un copiar incesante que no se permite prueba y error, todo queda igualado. La idea de copiar obras ajenas encierra el gesto contrario al de homenajear: es un intento de captura, de apropiación “turística” de ese legado.
De esa compulsión resulta una versión tosca y literal, por momentos irrespetuosa, por otros, voluntariamente infantil, caricaturesca, tomada de reproducciones de obras que -aunque resuenen familiares- se tornan raras. Lo opuesto a la falsificación: entre estos dibujos y sus referentes no existe ninguna posibilidad de confusión entre original y copia.
« Volver
|