Mapa De Las Artes
ARTISTAS RESEÑAS
Vidal, Mariana

VIDAL POR CARMEN BERNÁRDEZ
Carmen Bernárdez
15/5/2007

Los cuadros de Mariana llevan nombres de personas. Curiosa humanización de lo pintado a través del nombrar, de nombrarlos como si fuera un reconocimiento último de que ya existen, aunque nada tengan que ver con fisonomías.
Nombra, pero no define. Igual que en un nombre propio, que nada dice de la persona, porque no define en ella cualidades particulares. Ejemplo: no hay una condición especial en ser Michel.
Hay una condición cultural añadida, tal vez mitológica, pero Mariana quiere quedarse en una condición anterior: solo nombrar pinturas con un artificioso gesto. Este gesto, la elección del nombre-título, esquiva lo descriptivo y se recrea en una fórmula mucho más cálida e individualizadora que el aséptico "Sin título".
Sus nombres nos inducen a pensarlos como cuadros vivos, y en ellos resuenan no solo formas, también sonidos. Leves, como el roce de unas líneas con otras; de unas curvas que se enganchan suavemente. Sonidos matizados de signos que se desplazan sobre el fondo plano y coloreado, como recordando algunas de las sugerencias de Kandinsky sobre los sonidos y los colores. Más bien serían murmullos como los que oía Duchamp en el frote de los pantalones de terciopelo o lo que veía en el espacio entre el anverso y el reverso de una fina hoja de papel: aquello que el llamaba l'infra-mince.
Levedad de sonidos, de hendiduras, de bordes delgados que constituyen tránsitos casi imperceptibles entre formas y dimensiones, de lo plano a lo corpóreo y de lo estático a lo dinámico.
Como signos, los de estos cuadros nombrados tienen mucho de dibujo. Véanse, sino, estos pequeños cartones cuadrados sobre un gris fibroso que es, con su textura evocadora de algún extraño fluido, lugar en el cual las formas ensayan sus roces. Eligen ellas mismas, al ser trazadas, una de entre las muchas posibilidades de acoplamiento, de incidencia, de deriva.
Los signos que pueblan estos dibujos, como los que habitan en los cuadros, proceden de improvisaciones a partir de memorias de cosas, de objetos o paisajes. Sin embargo, el recorrido es complejo, y nada queda de todo ello en el espacio pictórico. Quedan, por el contrario, residuos de lo visto que inician un nuevo ciclo posible de formas.
Hay cierto sesgo pictográfico muy arcaico, casi rupestre, en estas formas destiladas. Con el pincel o el lápiz, el trazo mismo contiene un pulso vital.
Las líneas se engrosan o adelgazan; se cargan o descargan de color; giran, evitando invisibles obstáculos, y flotan sobre espacios activos nada neutros, marcados por la presencia del color intenso sobre el que se hacen y viven.
Formas flotantes, ingrávidas. Formas y signos solo frágiles en apariencia, pues escenifican su danza entre un pulso delicado de la mano y una gran sotorreada firmeza.

Carmen Bernárdez
Profesora titular de "Arte Contemporáneo" en la Facultad de Historia de la Universidad Complutense de Madrid / Curadora y Crítica de arte

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