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RESCATANDO LA BELLEZA DE LO ATROZ
Ed Shaw
1/10/2009
Hay más en la obra de Mariano Sapia que un simple registro de la comedia humana puesto en el escenario de un paisaje urbano, Sapia no es solo un retratista de los jugosos títulos de los diarios.
En varias ocasiones sus cuadros han presagiado eventos específicos como inundaciones, disturbios sociales y violencia en las canchas. Sapia transmuta esta severa realidad en coreografías pictóricas que evocan al ininterrumpible movimiento de la vida metropolitana Capta los perennes vaivenes del bien y del mal en una sociedad dinámica y vital, cambiante y caótica.
Sapia pinta en los colores estridentes de una sociedad en pleno desarrollo; su selección es una estrategia porque pinta con óleos, y no los esmaltes industriales que usan pintores más populistas. Retrata los seres anónimos de la calle. La individualidad se pierde en estas escenas donde la carga de la masa deshumaniza al individuo. Sus figuras aparecen anónimas porque este es su propósito. Desde una temprana edad, Sapia va dibujando las historias que lo fascinan. En su niñez fueron las batallas de los griegos; hoy son los encuentros callejeros del Gran Buenos Aires.
Lo que marca a Sapia como pintor -aquella calidad que reconoció William Lieberman, curador de arte contemporáneo del Museo Metropolitano de Nueva York cuando el año pasado compró "COSECHA DE MUJERES" (1,20 x 2 m -ó1eo) - es la fluidez que este jóven artista emergente inculca en sus cuadros. Sus cielos son preavisos de las tormentas que experimenta el ciudadano en su precaria relación con el medio ambiente; su arquitectura es poco acogedora, como los inhóspitos monobloques de los barrios; su luz frecuentemente es la de la última hora, una luz en la cual los límites tienden a borrarse; y sus figuras son sólo representaciones de los actos que cometen los humildes en su mis álgidos momentos de desesperación.
Sin embargo el resultado es mayor que la suma de sus partes, como suele suceder en el caso del arte que resiste la prueba del tiempo. Sapia impone una armonía al desenfrenado ritmo de sus cuadros, logra transmitir un aura de equilibrio en un mundo aparentemente poco ordenable. Lo logra por la manera en que compone sus obras. Los personajes se despliegan como los intérpretes de un ballet, siguen un flujo cósmico más entendible en términos hinduistas que cristianos.
La cadencia anecdotal de los colores y la concordancia de esta composición permiten el equilibrio necesario. El espectador se convierte en cómplice en las nefastas actividades de los personajes en escena. Pero la violencia se deviene tolerable, apenas hostil en esta danza de iniciación urbana, disfrazando su locura y atenuando su terror.
Sapia rinde homenaje a la fragilidad de la vida. Reclama nuestra presencia en el escenario, nuestra corroboración con algún proyecto vital. En sus cuadros las situaciones hierven, pero nunca explotan; refleja el anhelo inconsciente colectivo hacia la violencia. Huye de un Occidente tan racional, lógico y controlado para ubicarse en las calles, donde hay un fuerte deseo de ruptura. Rechaza la inmediatez de la vida del consumista. Trata de rendir tributo a los valores permanentes que han sido victimas del espíritu postmoderno.
Sapia pinta la violencia, pero pinta el amor a la vez. Sus cuadros generan una sensación de algo conocido, porque es la vida vivida en la dualidad de todos los días. Pero el amor siempre está presente. Aunque las imágenes parecen anunciar lo contrario, él puede ver y transmitir ese amor también.
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