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MARTA PARGA POR JULIO SÁNCHEZ
Julio Sánchez
1/9/2008
Yo soy y mi circunstancia, afirmaba con vehemencia José Ortega y Gasset. El sujeto requiere de un entorno, como el texto conlleva un contexto. ¿Por qué se piensa en las cosas como entidades cerradas y autónomas, si no lo son?
Este interrogante aparece frente a la última producción de Marta Parga. Estas obras están compuestas por dos partes fundamentales: una, material, elaborada por la artista; la otra, inmaterial, una circunstancia de luz y sombra.
Marta presenta cuadros-objetos, de mayor o menor volumen; algunos son cuadros-collage mientras que otros tienen la dimensión de un objeto. Los elementos plásticos son reducidos, austeros: un plano (el soporte) y una línea (finas varillas) que se puede multiplicar por cientos. Pequeños filamentos de madera pintados de blanco forman una cabellera rígida, un pastizal atravesado por una bicicleta, el espinazo de un pescado, una cápsula espacial, o nada de esto. O más que esto. Sabemos que cuanto menos dice una obra, más se activa la imaginación del espectador. Decir más con menos es privilegio de pocos artistas, de aquellos que ajustan su discurso a lo esencial. A estas espesas composiciones siguen otras muy planas, con los filamentos dispuestos como el gráfico de un ecualizador. Luego siguen otras donde parece no haber más que pura sombra, pues el volumen de los filamentos puestos en forma perpendicular al plano desaparece ante la vista. Casi todos son monocromos blancos (salvo en una serie que combina con negro) y los filamentos- minúsculos mástiles sin bandera- están pegados uno a uno, en una tarea obsesiva y rítmica como el rezo de un mantra.
Las creaciones de Marta se dan la mano con cierta estática del minimalismo, comparten la reducción de información plástica, pero sobre todo la idea de entender la obra en el espacio. Sus objetos deben ser entendidos como obra en la luz. Su circunstancia es la luz que les da vida. La iluminación las completa y las constituye a la vez. Si la fuente de luz se modifica, la obra también. Si el espectador varía su posición frente a la obra, cambia su apariencia. Igual que en el cine (actividad cercana a nuestra artista), la luz hace posible la obra. También contribuyen las sombras. Las mismas que fascinaron a Marta cuando de niña las admitía como compañeras de juego, las perseguía y se dejaba perseguir por ellas. Son las mismas sombras que inspiraron a Platón en su celebérrima alegoría de la caverna explicada en la República: los mortales estamos prisioneros en una cueva y desde allá podemos ver apenas las sombras de los objetos que acarrean los hombres fuera. Luz y sombra, dos principios no antagónicos sino complementarios. No hay uno si el otro, así como no hay vida sin muerte.
En tanto se modifica la circunstancia se transmuta la obra; esto es lo que parece atestiguarse en esta serie presentada por Marta. Hay un dinamismo intrínseco en cada una. La unidad parece encerrar una multiplicidad, pues de una sola obra pueden surgir muchas más, según la ubicación e intensidad de la luz que las acompañen. Quizá el punto más fascinante sea la inmaterialidad de estos trabajos, pues hay tanta materia como no-materia, como un cuerpo acompañado de su fantasma. Con una producción sobria como un monasterio románico, Marta Parga propone elevar nuestra sensibilidad a la luz y a la sombra, a la unidad y multiplicidad, a la ficción y a la realidad.
Julio Sanchez
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