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VECINO POR GRÜNER
Eduardo Grüner
5/6/2003
Fuente: Catálogo muestra 20 x 20 (5ª edición). Galería Praxis
Nahuel Vecino
por Eduardo Grüner *
En los tiempos (todavía levemente actuales) de lo que ha dado en llamarse “la muerte de la Historia”, la realidad tiende a pensarse, -incluso a percibirse- en términos puramente espaciales. Una así denominada “globalización” (Samir Amin, con menos eufemismo, la nombra como “mundialización del capital”), que es un fenómeno no sólo económico, social y cultural, sino también estrictamente visual, parece imponer esa dimensión espacial por encima de la temporal: el imaginario de un presente eterno, sin densidad histórica pasada ni futura, es allí el correlato de una especialización de la experiencia, expresada y hasta cierto punto producida, entre otras cosas, por la borradura de las fronteras entre lo real del propio cuerpo y las imágenes virtuales de la tecnología mediática o informática. No basta aquí hablar, con cierto simplista humanismo, de “deshumanización”: se trata de algo mas complejo, que maquiniza los cuerpos sin por ello deshumanizarlos completamente, apostando a la mezcla más que a la sustitución. La “máquina humana” no es un robot: es la conciencia infeliz de que nuestro cuerpo se hay vuelto heterónomo condicionado “globalmente” por la inestabilidad de sus límites. Son los sujetos mismos, junto con las sociedades, los que se han especializado, los que han perdido toda noción de sus fronteras. El arte –también argentino- no fue ajeno a esa colonización de la experiencia de la carne por el experimento del simulacro llamado “virtual”. A menudo hemos sufrido -y sin duda gozado- de la liquidación de lo real a manos de la representación pura; de la disolución de la materia en el acido implacable del virtuosismo tecnológico. Pero de a poco, la era de la simulación parece estar llegando a su fin. No, claro, sin que sus marcas presenten aún resistencias locales frente a lo que, sin embargo, ya puede sospecharse como deseo –no sólo estético: también político, en su sentido más amplio y más profundo- de ir más allá de la mera representación, hacia un retorno (no a, sino) de lo real. Este conflicto, todavía indecidible, empieza a hacerse manifiesto como síntoma.
Las obras de Nahuel Vecino (al menos las que más me interesan) son un testimonio de esa sintomatología. En un primer vistazo a sus óleos hay una suerte de clasicismo, incluso de academicismo, que no deja de sorprender en un artista tan joven: algo así como un impresionismo expresivo, si es que semejante categoría existe. La seguridad del trazo, la certidumbre de la pincelada, la manera en que los contornos de cuerpos y paisajes se funden unos sobre otros, revela un aprendizaje riguroso, un trabajo, como se dice, serio. Pero eso es su costado puramente técnico. Necesario, sin duda, y aún imprescindible para el tipo de composición plástica que NV se propone; pero no suficientemente para producir eso que se suele llamar una obra autónoma. Para esto hacen falta por lo menos otras dos cosas, aparentemente contradictorias: una superación de la técnica que la haga trascender hacia el concepto, y simultáneamente una negación de la mera ilustración del concepto por la obra. Así es en NV: la técnica asegura una rara perfección dentro de la pintura “de género” (el paisaje, el retrato, el desnudo, lo que fuere) que apunta hacia el concepto, desde luego siempre interpretable y polisémico –se trata de arte- pero no fatalmente equívoco: un cuerpo desnudo, exangüe, abandonado en medio de una naturaleza mustia, de colores apagados, no puede sino hablar –entre otras cosas- de lo humano como resto, tal vez extinguido, de un tiempo olvidado. ¿De ese “fin de la historia” del cual hablamos al principio?
Sí, pero: no hay aquí simulacro alguno. Hay mucha concretad, mucha materialidad en esos cuerpos, asomando por debajo de su disolución superficial. Es carne quieta, pero es carne, no ilusión. No memoria difusa de una humanidad desaparecida: más bien reposo tenso, que en cualquier momento podría transformarse en campo de batalla entre el olvido y la existencia plena. Es como si dijéramos, una materialidad en suspenso, y no definitivamente suplantada por la imagen ni domesticada por la construcción. Hay en NV, me atrevería a decir, una cualidad “pasoliniana”: como el gran cineasta italiano, el encuadre clásico sirve para revelar una inquietante –si bien, o por eso mismo, discreta- invasión de lo real, antes que un estricto “encuadramiento”. La indudable melancolía del conjunto está atravesada por destellos de tragedia: es decir, de una resistente vitalidad. No es cuestión, simplemente, de “realismo”, pero si de lo que podría ser un renovado realismo futuro sustraído a la tentación del “reflejo” pero también a la de la indiferencia frente al mundo. Y es, insistamos, un síntoma de que algo ha empezado a moverse, nuevamente, en la pintura argentina. NV no es, seguramente, el único. Pero es de los que, hoy, vale la pena mirar. Para ver que pasa.
* Eduardo Grüner, Profesor Titular de Antropología & Sociología
del Arte /Fac. de Filosofía y Letras (UBA)
y de Teoría Política /Fac. de Ciencias Sociales (UBA)
Autor de libros Un Género Culpable, Las Formas de la Espalda,
El Sitio de la Mirada y El Fin de las Pequeñas Historias.
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