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UN LABERINTO IMAGINARIO
Una mujer ya mayor, está sentada en un sillón, tiene una carta en la mano y sostiene la mirada fija, a la misma altura de su rostro, en algún lugar de la habitación. Su vestido color salmón, el maquillaje, los aros y el collar que luce, no son de entre casa. Está por salir o acaba de volver de una reunión, de algún evento social. El clima de la escena es francamente teatral. Mirando La carta, la obra de Simón Altkorn que describí brevemente, siento que no estoy frente a una toma casual, encontrada por el autor. Es, sin dudas, una imagen construida. Pero no se trata de una puesta en escena en la que todos los elementos, cuidados al detalle, tratan de ocultar el armado. No es una recreación naturalista, y sin embargo desde esa ficción, curiosamente, la imagen resulta verosímil. Percibo la actuación pero siento el silencio y la quietud del cuarto. El vacío en la mirada de ella y el tiempo que parece detenerse en su pensamiento. Surgen también interrogantes, sobre el porque de un solo guante, o sobre un abanico muy visible y desplegado de manera llamativa. |